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hace 8 meses
En México

“Priismo permanente”; la opinión de Denise Dresser

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“El rey ha muerto; larga vida al rey” es la proclamación habitual con la que se anuncia la muerte de un monarca y el ascenso al trono de su sucesor. Hoy, después de la jornada electoral, muchos celebrarán la muerte del PRI, como si en realidad hubiera ocurrido.

Expedirán un certificado de defunción, y llevarán a cabo múltiples autopsias para explicar los motivos del fallecimiento. Pero quienes se aprestan a celebrar el deceso del PRI y la coronación de Morena se equivocan. El priismo sigue vivo y parecería que su presencia en la vida del país será permanente. El pequeño priista que tantos llevan dentro sólo ha cambiado de piel, de discurso y de partido. En la forma de concebir la política, conseguir los votos, ejercer el poder e intentar hegemonizarlo, Morena demuestra su ADN. Y es genéticamente priista.

No sólo por la gerontocracia que lo lidera, o por los saltimbanquis ideológicos de ex militancia priista que ahora se declaran devotos de la “Cuarta Transformación”. No sólo por la biografía personal de Andrés Manuel López Obrador y de quienes lo siguen y obedecen desde que hacía política en el PRI.

El priismo setentero que corre por las venas de cada candidato, cada corcholata, cada diputado, y cada votante de Morena queda evidenciado en lo que dicen y lo que callan, en lo que denuestan y lo que están dispuestos a defender. Las ideas atávicas, resucitadas. El nacionalismo revolucionario, revivido. El presidente imperial, idolatrado. La expoliación estatal, justificada. Los contrapesos, simulados. Cada práctica perniciosa del PRI ha sido copiada por Morena. Cada actitud antidemocrática del viejo partido hegemónico ha sido imitada por la nueva mafia que aspira a serlo. Más que exorcizar al priismo de extracción echeverrista, AMLO lo ha sacado del clóset.

Al desempolvar ideas atávicas, el priismo lopezobradorista nos regresa a la tiranía de las ideas muertas. Al utilizar narrativas apolilladas, AMLO y Morena nos devuelven a la dictadura de los paradigmas pasados. Con cada programa social cuyo objetivo es asegurar clientes en vez de construir ciudadanos. Con cada adjudicación directa cuya meta es aprovechar el capitalismo de compadres, en lugar de promover su transformación.

En elección tras elección donde el Gobierno ha metido la mano para asegurar el triunfo de su partido, Morena rinde tributo a sus antepasados, le besa los pies al PRI que prevaleció antes de la transición democrática. Lo imita y lo copia porque comprende que para quedarse en la Presidencia durante más de 70 años hay que ejercerlo de esa manera.

Es necesario comprar votos y voluntades, ofrecer emolumentos y embajadas, otorgar contratos y concesiones, hacer trampas y justificar trapacerías, cerrar los ojos ante el crimen organizado o aliarse con él. El morenismo es la fase superior del priismo. Mucho de lo mismo pero con más desvergüenza y menos simulación.

El PRI perduró porque repartió y ahora Morena lo seguirá haciendo. El PRI se enquistó en el poder porque lo centralizó y López Obrador exacerba esa tradición. El PRI pervivió porque durante décadas no enfrentó oposición creíble y lo aseguró con reglas inequitativas que retrasaron su surgimiento.

El PRI fue el partido “catch all” (cáchalo todo), en el que cabían todos; el paraguas amplio debajo del cual podía colocarse cualquiera para no estar a la intemperie, o fuera del presupuesto. Destruyó o engulló a cualquier disidente, cooptó o exilió a cualquier opositor. Y hoy Morena mimetiza ese método: comiéndose al PRD, devorando al PRI, convirtiéndose en el movimiento comelotodo.

Ahora bien, el PRI nunca fue un partido. Fue una forma de vida. Y a los morenistas les gusta esa vida porque asegura los privilegios, auspicia el nepotismo, reparte los puestos, premia la lealtad, asegura el acceso al presupuesto y permite ejercerlo sin cortapisas. Basta con que te hinques frente a AMLO, o al próximo rey en turno, para acceder a las canonjías de la corte. Por interés, por supervivencia, por consanguinidad, por miedo, y aunque México siga siendo un país de siervos, siempre habrá expriistas dispuestos a ser morenistas.

Ésa es la lección para quienes proclaman la extinción del PRIANPRD, aplauden “el cambio verdadero”, y se vanaglorian de haber desterrado al PRI de la vida política de México. El priismo detestable al que dicen odiar no se ha ido. Sigue vivo y coleando en Palacio Nacional.

Editorial publicada originalmente en Grupo Reforma.

 

 

 

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