Tengo un sueño para Monterrey | Editorial por Alberto Eugenio Garza Santos

Alberto Garza Santos

Me imagino un Monterrey en 30 años donde los habitantes respiramos aire limpio todos los días.

Donde coexistimos con la riquísima fauna de nuestras sierras, interconectadas a través de corredores ecológicos que han sido adquiridos mediante apoyo de instituciones internacionales, locales, Gobiernos y ciudadanos.

Estos corredores atraviesan las principales carreteras por abajo, e inclusive algunos por arriba, donde se puede apreciar la flora local ininterrumpida por estos llanos con sus hermosas palmas de desierto, sus anacahuitas y mezquites adornando el entorno.

Me imagino este cinturón de corredores ecológicos uniendo nuestro Parque Cumbres de Monterrey con el Cerro de la Silla, donde los ríos Santa Catarina y La Silla sirven además de lugares de preservación de hábitat natural, de corredores ecológicos entre las diferentes áreas de protección.

También éstos sirven de punto de encuentro de miles de ciudadanos que disfrutan de sus hermosos andadores que ondulan por el lecho del río entre lagos y fauna local.

Siguiendo hacia el norte se unen con la hermosa Sierra de Picachos pasando por la Sierra de Papagayos, donde este macizo montañoso con sus afloramientos volcánicos le brindan una cualidad única en materia de agua superficial y de fauna.

Después, hacia el poniente, y cruzando con estos corredores biológicos que atraviesan la Carretera a Laredo, se unen con las montañas de Mamulique y Sierra de Gomas para conectar hacia el sur con las sierras de García, de El Fraile, para nuevamente conectar hacia La Huasteca y terminar de cerrar el círculo con el Parque Cumbres.

Me imagino un Monterrey con más parques urbanos, donde la gente camina y utiliza la bicicleta de forma significativa. Donde las personas nos desplazamos en transporte público eficiente, limpio (eléctrico) y seguro. Donde la interacción social aumenta gracias a nuevos hábitos de movilidad y convivencia.

Veo a los cascos municipales vibrantes con personas disfrutando de las especialidades gastronómicas y artesanales que cada municipio ofrece, donde los cascos son un motor para el turismo urbano.

Veo una ciudad menos desigual, donde la brecha entre los que tienen más recursos y los que menos tienen no se nota. Donde los niños y niñas de todas las clases sociales interactúan y comparten tiempo y experiencias juntos.

Veo una ciudad en armonía con sus empresas, donde todas han adoptado la calidad del ambiente (medio y sociedad) como su mantra. Algunas se han re localizado, otras han mejorado sus procesos, pero todas tienen un alto grado de sensibilidad ambiental y como consecuencia, una alta productividad.

Veo una metrópoli de conocimiento, donde nuestras capacidades tecnológicas son nuestra mayor fuerza y donde se desarrollan patentes, procesos e inventos que exportamos al mundo entero.

Una ciudad que tiene una cultura de eficiencia hidráulica envidiable, solo comparable con la de Israel, donde cada gota cuenta.

Una ciudad verde, en armonía con su entorno natural y con una población altamente motivada y saludable.

¿Cuántas metrópolis del mundo pueden presumir tener oso negro, venado, jabalí, puma y jaguares salvajes en sus periferias?

¿Cuántas tienen estas redes de reservas interconectadas con ríos limpios que, además de servir de corredores biológicos riparios, sirven de esparcimiento e interacción para los millones de ciudadanos que en ella viven?

Yo me imagino un Monterrey así: lleno de vida, salud, conocimiento y prosperidad social. Una ciudad donde la gente quiere vivir y procrear. Una ciudad que nos llena de felicidad. Un ejemplo global de sustentabilidad.

El autor es empresario social.

Editorial publicada originalmente en Grupo Reforma.

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